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No sé mucho de música. Jamás he tocado un instrumento (la flauta que me obligaban a tocar en el colegio no cuenta) y sólo tengo unos conocimientos básicos de solfeo. No obstante, que no sea capaz de tocar música no implica que no sea capaz de reconocer algo genial cuando lo escucho y por eso mismo afirmo sin miedo a equivocarme que el concierto del miércoles fue mágico.
¿Por qué?
Porque sólo alguien que esté entre los mejores es capaz de hacer que tu disfrute llegue al máximo en la primera canción, con toda la parte de abajo del auditorio de pie. Entonces, mientras entre canción y canción comentas lo jodidamente bueno que es, sin que te lo esperes da inicio al siguiente tema y tu éxtasis se eleva a un nuevo pico, como si fueses una mujer multiorgásmica. Sólo una banda como The Innocent Criminals y sólo un pedazo de artista como Ben Harper son capaces de abstraerte del mundo de tal manera que te extrañes cuando la banda se despide y te das cuenta de que ya ha pasado hora y media desde que empezó el concierto.
¿Y luego?
Más tarde llegó la apoteosis, con sutileza y buen gusto. Una silla, una guitarra y un músico, sólo esto, por si alguien había osado pensar que la clave del buen sonido era una banda y no un líder superlativo. La voz de Ben Harper y su arte a la guitarra hicieron que el auditorio enmudeciera para crear la atmósfera adecuada. Cuando esta parte del concierto terminó y parecía que ya no se podía ir a mejor, llegó la apoteosis.

Volvió la banda al completo y entonces ocurrió lo más sorprendente que he visto jamás en un concierto en el Kursaal. En mitad de la primera canción tras el regreso al escenario, la banda bajó el volumen de la música gospel que tocaban y Ben Harper se acercó a la parte delantera del escenario dejando atrás el micrófono. Las 1800 personas que había en el auditorio se callaron y alucinaron al escuchar a este pedazo de artista cantar a pleno pulmón.
Cuando a las dos horas y tres cuartos de terminar el concierto salíamos del recinto, todo eran sonrisas.





